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Una emboscada nos asaltó, precisa como un bisturí, y partió el año 2011 justo a la mitad; súbita, como la irrupción de cualquier enfermedad, tomándonos por sorpresa. Amanecía el 30 de junio y el pueblo venezolano, junto a los pueblos del planeta, conocerían este día una dura verdad. Hugo Chávez, emisor de las malas nuevas, asumía su responsabilidad frente a millones de almas y, como en otros momentos de la historia reciente, transformaba el abismo que se abría bajo sus pies en la senda para una escalada victoriosa, para el remonte triunfal: comenzaba el Camino del retorno.
El amor, fuerza intangible e invencible que ha motorizado los más notables triunfos de la Revolución, comenzó a manifestarse desde todos los rincones. Ya no eran las embestidas apátridas o las arremetidas imperialistas las que amenazaban la continuidad de nuestras luchas. El comandante Chávez emprendería un camino empinado y su batalla se libraría a nivel celular. El pueblo, fiel y amoroso, no podía mantenerse al margen y se plantó, rodilla en tierra, a la altura del momento histórico: se elevaron plegarias y manifestaciones de apoyo desde los llanos barineses hasta los barrios neoyorquinos; la fe se haría, desde este momento crítico, la medicina más efectiva.
El pueblo con el Presidente, el Presidente con el pueblo… desde siempre, desde la primera gripe del mandatario una década atrás, cuando ocurrió un hecho sin precedentes en la historia republicana del país: el jefe de Estado decide mantener una relación diáfana con el país y anuncia, sin tapujos, los altibajos de su salud. Desde el comienzo de su escalada al Chimborazo luego del diagnóstico definitivo de su enfermedad, se mantuvo de la mano del amor del pueblo. Siempre procuró hacer llegar una imagen o una palabra de aliento; el hombre venciendo las dificultades no se apartó nunca de su rol de Presidente de la República. Su amor patrio incluso le hizo vencer el dolor e ignorar las más elementales previsiones y estuvo presente en diversos actos, mantuvo contacto telefónico o vía Twitter, y con su amplia sonrisa nos mostró que no había espacio para la tristeza, sino para celebrar los triunfos de la Patria y mantener encendida la llama de la fe.
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